lunes, 18 de febrero de 2019

Perseo


Perseo

A la Sra. Adela Maíllo.
Recuerdo de nuestro exilio en el municipio de Saint Maurice d´Ibie.
Con  toda mi simpatía

St. Maurice d´Ibie (Ardèche),
25 octubre 1942

Por: Manuel García Sesma

(Fitero, Navarra, 1902-1991)

Traducción del texto original en francés (ver la página de este mismo Blog: Relatos 1942)

- “Señora: para una mujer que va a ser mamá pronto, este maquillaje no le va... ¿Quiere usted lavarse, por favor...?
Y la Señorita Edith, la sonrisa en los labios, abre ella misma el grifo del servicio.
La interpelada, al principio un tanto sorprendida, un poco más turbada a continuación,  cogió maquinalmente el guante de baño, lo empapó de agua y se limpió inmediatemente su maquillaje. Era una refugiada alsaciana, algo  madura y  un poco más frívola y  coqueta: una de esas mujeres de la retirada de Mayo y Junio de 1940 de las que un miembro de la Academia Goncourt, René Benjamin, ha hecho el retrato un poco demasiado despiadadado en su libro “Primavera Trágica”.
La Señorita Edith era justamente  el tipo opuesto: el tipo de mujer que se toma la vida en serio y no como una mascarada carnavalesca. Primero, no era francesa, sino suiza; una joven mujer puede que pasando la treintena, pero llevándola con holgura: esbelta, delgada, morena, vestida con un uniforme a rayas azules y blancas, con un cuello blanco almidonado. Era  la comadrona del  establecimiento. Porque el lugar dónde esta escena se ha desarrollado era justamente una maternidad: la Maternidad suiza de Elne [1], sostenida por la Cruz Roja de la pequeña República.
Elne es un pueblo del departemento de los Pirineos Orientales, situado en los alrededores de los campos de concentración de St. Cyprien y d´Argelès-sur-Mer. Durante el éxodo de los republicanos españoles en Febrero de 1939, la Cruz Roja Suiza, sección de Socorro a los Niños, se había apresurado en abrir allí una Maternidad, para venir en ayuda  de las refugiadas españolas encinta y  de los niños recién nacidos.
Era entonces ministro del Interior un radical socialista y francmasón notorio: Don Albert Sarraut. Los campos dependían de su autoridad. Por otra parte, en esta época funcionaba ya en Francia la obra de la Santa Infancia, dirigida entonces por el Monseñor Merio. Pero ni la filantropía masónica ni la caridad católica tuvieron la ocurrencia de socorrer especialmente a nuestros infelices mujeres y niños. Naturalmente, ni una ni otra sospechaban tampoco entonces que, al año siguiente, muchas mujeres y niños franceses y pueblos aliados de Francia (Polonia, Bélgica y Holanda) se encontrarían en el mismo caso[2]. Felizmente, la Cruz Roja Suiza – que no miraba la nacionalidad ni la ideología, sino la desgracia – estaba ya allí; y en adelante la Maternidad Suiza de Elne abrió sus puertas no sólo a las futuras mamás españolas, sino  a las de cualquier otra nacionalidad, refugiadas en los campos.
Justo cuando la Señora Adela Maíllo entró allí, al final de Enero de 1941, había una austriaca, una rusa blanca, una judía francesa, una polaca, etc. No obstante, el  contingente más numeroso era siempre el de las españolas.
La Maternidad Suiza de Elne estaba situada a dos kms. del pueblo e instalada en el Castillo de Mirois, un viejo edificio de tres pisos, situado en medio de un jardin. Se disponía de 50 camas, distribuídas en varias  habitaciones que contenían de cuatro a ocho cada una. Estas habitaciones habían sido bautizadas casi todas con nombres de las principales ciudades españolas: Barcelona, Bilbao, Madrid, Santander, Sevilla y Zaragoza. Había otras con el nombre Suiza, Polonia, Marruecos[3] y Paris. Por lo tanto,  todos los niños nacidos en la Maternidad Suiza de Elne eran al principio marroquíes... Era una pequeña habitación blanqueada en blanco verdoso y dotada de una cama, una mesa, un lavabo y un armario conteniendo los ustensilios de la comadrona. Por lo que era ahí principalmente el centro de actividades de la Señorita Edith. A veces esa actividad era verdaderamente angustiante, porque los recién nacidos no querían esperar su turno, y más de una vez, aunque poco a menudo, se llegó a dar a luz sobre la única cama a dos madres juntas. Por suerte para la Sra. Adela Maíllo, Perseo fue desde el primer momento un niño sabio y llegó a este extraño mundo el 19 de Febrero de 1941, sin presionar descortésmente ni a su madre ni a su comadrona.
Perseo era un pequeño español, travieso y guapo, quién, veinte meses después, habría de hacer las delicias de los refugiados de la comuna de Saint Maurice d´Ibie. Pero en el momento de presentarse en este planeta y de pedir una plaza para él, él no era, como todos los recién nacidos, más que un pequeño mamífero rojizo y deforme, pesando 2´770 kg. Tan pronto como la Señorita Edith le tuvo, lo mostró un instante a su madre, después le limpió, le empaquetó y  lo expidió a “Madrid”. ¡Qué cosa más rara! ¡Su mamá, catalana cien por cien, no protestó...![4]
Pues sí; “Madrid” era el redil, la habitación de las cunas de los recién nacidos: una habitación limpia y aseada, rebosante de cunas de mimbre y de inocentes bebés. Cuando Perseo se presentó, rebosaba tanto de bebés  que no había ni una plaza libre para él. Pero la Señorita Betty era espabilada  y enseguida le encontró una provisional, en la cuna de otro pequeño español. Perseo permaneció allí tres días. A partir de entonces tendría su propia cuna.
La Señorita Betty, aunque maestra de "Madrid", no era madrileña ni española, sino suiza. Tenía sin embargo la gracia y el aspecto simpático de una joven muchacha de la Latina o de Chamberí[5].
Para empezar, hablaba perfectamente el español, como la Señorita Edith. Era una muñeca rubia, grande, frágil, bonita y alegre, de aproximadamente 21 años; en fin, el ángel guardián ideal para esta guardería madrileña.
Perseo pasó allí  las primeras 24 horas de su existencia sin moverse ni probar nada, como es de rigor en estos casos, sobre todo en tiempo de restricciones. Pero a partir del día siguiente, comenzó a viajar y  a devorar de una manera alarmante. Cada tres horas, iba de "Madrid" a "Zaragoza"; no en avión - Zaragoza dista de Madrid  algunos centenares de kilómetros -, sino en los brazos de Betty. En "Zaragoza" - la habitación donde se recuperaban las mujeres que habían dado a luz-, su madre lo amamantaba seis veces al día. Pero la pobre madre, tras las privaciones del campo, no era demasiado fuerte, mientras que Perseo mostraba una voracidad de lobo. Por lo que, tres semanas después, fue necesario reforzar con biberón la lactancia materna. Sin embargo incluso con este refuerzo, este pequeño Lucullus en bañador no se satisfacía. Siendo la ración normal de biberón de 120 gramos de leche, el pequeño Perseo tomaba siempre de 160 a 170 gr. ¡Bah! ¡Estaba en el país de Pantagruel!
Naturalmente, después de haberse atiborrado así, el niño dormía como un ángel. No molestaba  a la Señorita Betty más que a la hora de despertar. Si hubiera sido mayor, habría sido necesario despertarlo más de una vez a bastonazos. Pero la guapa enfermera no dispensaba golpes, sino caricias. Gracias a este régimen, Perseo, 50 días después de su nacimiento, ya pesaba 3' 5 kilos.
Mientras tanto, su madre había dejado la cama y había ido de "Zaragoza" a "París". Después de dos años de estancia en Francia, valía la pena visitar su capital - debió pensar la Sra. Adela. ¡Incluso en marzo de 1941...!
Pues sí, el "París" de la Señorita Isabel no era precisamente el del General von Stülpnagel... Allí, como en toda la zona ocupada por la Maternidad Suiza, la autoridad no se imponía por la fuerza, sino por la dedicación y la dulzura. La Señorita Isabel, la directora de la sección, era una joven de unos 25 años, rubia, esbelta, hábil y simpática. Era también suiza, como sus dos colaboradoras, y hablaba correctamente el español; pero no llevaba uniforme.
Las normas de la dirección eran, para la disciplina, una firmeza fina; y para el régimen, el orden, el buen tratamiento y la tolerancia. Las tres señoritas suizas sabían imponerse siempre de la manera más categórica y más agradable. Por otro lado, el orden en la casa era total. No dejaba nada que desear. Cada lunes, la Señorita Isabel distribuía los servicios de la semana entre los refugiados que se encontraban en estado de asumirla. La higiene era perfecta; la comida adecuada y abundante; el respeto a las creencias absoluto. Se bautizaba a los niños cuyas madres lo pedían expresamente; pero ninguna presión a este respecto. Y por otra parte, nada de rezos colectivos ni de catequesis impertinentes[6].
Cuando la Sra. Maíllo tuvo que dejar la casa con su niño, el 11 de abril de 1941, fue con verdadero pesar y con un inmenso reconocimiento hacia estas tres suizas ejemplares. ¡Desgraciadamente! El panorama iba a cambiar completamente para ella y su niño. ¡Otra vez el campo de concentración con sus alambres de espinos, sus gendarmes, sus ratas, sus piojos, su escasez y su miseria...!
A pesar de todo, en el campo de Argelès había también una caricatura de Maternidad, instalada en la barraca B9 del campo de mujeres. Precisamente conocía bien muy esta clase de campamento de barracas por haber habitado el B14, durante los meses Julio y agosto de 1940, tras el armisticio francoalemán del 25 de junio. Pues bien, aquélla era una barraca como las otras, con la única diferencia de tener parquet, disponer de alumbrado eléctrico y de estar dividida en tres compartimentos: uno para las madres, otro para los niños y el tercero para Nati, una joven mujer española encargada de la dirección. Los bebés allí tenían pequeñas cunas de madera. Cada noche los bebés eran supervisados por dos madres que se relevaban a las dos horas de la mañana. Cuando la Sra. Maíllo se instaló con Perseo, había aproximadamente veinte niños y una docena de madres. La diferencia se explica porque casi la mitad de las madres tenía otros niños mayores, colocados en otras barracas y preferían dormir allí con éstos.
Durante el invierno, el compartimento de los niños tenía una estufa de carbón para calentarlos. Y eso era todo. Nada de agua ni de los medios de higiene infantil más elementales. Para limpiar a los niños, las madres tenían que ir a buscar agua en las cocinas del campo que, ciertamente, no se la proporcionaban siempre.
El régimen alimentario de las madres que amamantaban era exactamente el mismo que el del resto de los refugiados. A las siete de la mañana, café solo, pero bien mojado... Al mediodía, un plato de nabos solos o con alcachofas y un poco de mermelada o fruta. A veces se añadían una o dos sardinas saladas y un cuarto de vino; y una vez por semana aún se daba un pedazo de carne. En cuanto al pan, se distribuía diariamente un pan de un kg para tres personas, es decir, 333 gr. de pan para cada madre. Por supuesto, este kg. de pan no era siempre real, sino teórico. A las 18  horas de la noche, misma comida que al mediodía.
Para los niños, el racionamiento era similar. El Campo no hacía ninguna distinción en consideración suya. ¿Qué esperaban? La Comandancia del campo no estaba compuesta precisamente por profesores de Puericultura. Afortunadamente,  la Sección de Socorro a los  Niños de la Cruz Roja suiza seguía ayudando a los niños encerrados en los campos. Proporcionaba diariamente un litro de leche para cada lactante, y daba a los otros niños leche por la mañana y un bocadito a base de mermelada o queso por la tarde. Estos bocaditos también se distribuían cada día a las madres.
Cuando un niño caía enfermo, se le transfería al Hospital General del Campo. Si aún era lactante, se permitía a la madre instalarse con él. En caso contrario, la madre no podía verlo más que los días de visita, es decir, dos veces por semana, por la tarde. Por otra parte, cuando los niños se portaban bien, las madres necesitaban un permiso para sacar a sus bebés a tomar el sol entre los alambres de espinos. Así fue pues cómo Perseo y su madre vivieron en el campo de Argelès-sur-Mer alrededor de un mes. Afortunadamente el pobre bebé no se daba cuenta de nada.
Hacia mediados de mayo de 1941, como el resto de los niños de Argelès, se le transfirió al campo de Rivesaltes, situado también en los Pirineos Orientales. La transferencia tuvo una consecuencia trágica. Una cincuentena de niños sucumbieron en algunas semanas. Pero Perseo aguantó valientemente. Entonces, la Cruz Roja Suiza pidió y obtuvo la transferencia de los supervivientes más amenazados a su colonia infantil de Banyuls-sur-Mer. Perseo permaneció in situ.
Sin embargo este lugar no era muy cómodo. Para no cambiar demasiado, como Argelès más o menos. En primer lugar, la Sra. Maíllo fue instalada con su niño en el islote J, barraca 21. Luego, cuando Perseo alcanzó seis meses, pasaron ambos a la barraca J15; seis meses después, a la barraca J29; y finalmente, cuando el bebé tuvo quince meses, a la barraca J33. Al mando del campo de Rivesaltes  no había ningún discípulo de Marie Montessori ni del doctor Variot; pero, finalmente, el trato era algo más razonable. Para empezar, el racionamiento de los niños era también en principio el mismo que el de los ancianos, pero con esta diferencia: ni vino ni  café, y solamente cien gramos de pan al día. En compensación, se daba medio litro de leche al día a cada niño a partir de un año.
Por otra parte, los auxilios de la Cruz Roja Suiza estaban allí perfectamente organizados. Se proporcionaba diariamente a los lactantes de hasta un año un litro de leche; de uno a tres años, una buena ración para dos comidas de arroz o bledine; de tres a seis años, solamente el arroz; y de seis a catorce años, leche y arroz o puré. Las distribuciones eran hechas regularmente por la sede Central de Auxilios a los Niños, residente en calle de Tarn,71 (Toulouse).
Por lo demás, la instalación de Rivesaltes era tan miserable como la de Argelès. Y, bajo algunos aspectos, aún más penosa. Así, por ejemplo, la barraca de los bebés tenía una estufa, como en Argelès; pero no se proporcionaba ni carbón ni madera para encenderla. Entonces las madres, para no dejar fallecer de frío a sus niños, se veían obligadas a ingeniárselas para encontrar combustible en el campo, lo que no era fácil y, además, daba a menudo lugar a detenciones. ¿Pero a qué no hará frente una madre para defender la vida de su niño...?
Los temores de la Comandancia del Campo tras la crisis de mortalidad infantil a principios del verano de 1941, les  inspiraron medidas un poco inhumanas. Por ejemplo, la de no permitir a una madre cohabitar con dos hijos de menos de tres años y la de prohibir a un niño visitar su hermano pequeño, residente en la Maternidad del Campo. Pero finalmente estas medidas se derogaron, tras una inundación que pudo convertirse en una catástrofe.
Cuando un niño caía enfermo, se le transfería a la Enfermería General del Campo; pero no se permitía el acceso de la madre más que para amamantarlo, si era lactante. Aunque, naturalmente, podía verlo los días de visita, es decir, jueves y domingos. Afortunadamente para su madre, Perseo no tuvo nunca necesidad de ser trasladado a la Enfermería.
No obstante, uno se imagina fácilmente que la vida en estas condiciones no era muy agradable, y no se sorprenderá de que un bello día la Sra. Maillo finalmente había decidido dejar el campo con su hijo, en el plazo más corto posible. Era el mes de marzo de 1942. Perseo tenía más ya de un año y permanecía en el campo de Rivesaltes desde hacía diez meses. Su padre, que estaba enrolado en el 410 Grupo de Trabajadores extranjeros en Perpiñán, había sido obligado a volverse con éste a zona ocupada en julio de 1941. Trabajaba por lo tanto en St Malo, la pequeña patria de Chateaubriand y de Lamennais. Su hermano mayor, José, permanecía conmigo en el 160 G.T.E. en San Mauricio de Ibie (Ardèche). Un día José Mailló me dijo: "Querría traer aquí a mi cuñada y mi pequeño sobrino. Ya sabes, siguen en el campo de Rivesaltes y la vida allí no es bonita para ellos. Adela me comunica que con un contrato de trabajo, se le permitiría dejar el campo."
"Muy bien - le respondí. "Cuenta conmigo para hacer las gestiones necesarias."
Inmediatamente, visitamos al Sr. Arsac[7], el alcalde del municipio, y al Sr. Arrassipé, un ingeniero jubilado que se comprometió a tomar a la Sra. Adela Maíllo como costurera para su mujer y su hija.
 - Ya ves, está hecho - le dije a la salida. Antes de acabar este mes, tendrás aquí a tu cuñada y tu sobrino.
 ¡Pero... Maldición! No habíamos tenido en cuenta el espíritu de papeleo de la Administración francesa. ¿Puede creerse? Para enviar a Francisco Maíllo a trabajar en zona ocupada, una simple orden y dos días de viaje bastaron. ¡Por el contrario, para sacar a su mujer y a su hijo de un campo de concentración, fueron necesarios siete meses de traslado de papelotes...!
         Pero por fin, un bonito día de octubre de 1942, aterrizaron ambos, de improvisto, en el municipio de San Mauricio de Ibie. Inmediatamente les instalamos como es debido en nuestro hotel de refugiados. Era un viejo tugurio del pueblo compuesto de dos partes: una habitación y una cocina. En la habitación dormíamos tres camaradas: dos catalanes y yo; en la cocina se había hecho un pequeño apartamento con dos coberturas y allí dormía una joven pareja aragonesa. Entonces, para colocar a la Sra. Maíllo y Perseo, se improsivó al lado, en la misma cocina, otro minúsculo compartimento con otras dos coberturas; y hete aquí nuestros dos huéspedes instalados "como es necesario..." Pero bueno,  en cualquier caso, aquí hubo un hogar de siete personas, en su mayor parte no unidas por vínculos familiares, llevando a pesar de todo con armonía una vida de familia, en dos docenas de metros cuadrados. Naturalmente, para hacer milagros similares era necesario ser antes un refugiado español.
         Por supuesto, el pequeño Perseo pasó a ser, desde el primer momento, la alegría de la casa. Era, ciertamente, una joya: guapo, gracioso, inquieto, travieso y cariñoso. En esta época tenía ya veinte meses y pesaba 12' 800 kg Sus ojos eran azules; su cara, regordeta; su cabello, de rizos de oro. Saltaba como un cabrito, y parloteaba como un loro. Su jerga era pintoresca: una especie de esperanto particular. Figuráos: su madre catalana, como mis camaradas Mateu y Masip; la pareja aragonesa y yo hablábamoscastellano; y en el pueblo el pequeño sólo oía el francés. Entonces nos saludaba: "Kapalel, uva [8]"; y decía a su tío negándose: "no vull[9]".
            Por otra parte, ¿No había nacido de padres españoles en una región francesa, en una maternidad suiza y en una habitación marroquí...? ¡El colmo Dios mío, el colmo!
Como todos los niños de su edad, rompía todo lo que encontraba a mano y se divertía ruidosamente con todo y con todos. Por las tardes, me gustaba ponerlo a menudo sobre mis rodillas y jugar alegremente con él. El pobre niño apenas tenía juguetes para divertirse; sin embargo encontró uno estupendo: un gato. Teníamos un pequeño gato, suave y paciente, para cazar a los ratones. Y bien, Perseo la tomó con él desde el primer día, y  la cola del pobre animal siempre estaba tensada entre sus manos, como la cuerda de un arco.
Como Perseo entraba entonces en el período de la imitación, comenzó muy temprano las prácticas de los hombres: a fumar, a gastar el dinero y a enamorarse... Un día, Masip habiéndole puesto entre los labios, para divertirse, un cigarrillo no encendido – quede claro -, el pillo de Perseo se puso a gesticular como un fumador.
Comenzó también a gastar el dinero de su madre de la manera más alarmante. ¿Saben cómo? Rasgando todos los billetes que encontraba al alcance de su mano. Billete cogido, billete despedazado. Por supuesto, entonces  ignoraba completamente la existencia y las devastaciones de la inflación; pero tenía, se ve, la intuición que todos estos papeles, sucios y feos, sólo serían buenos, a corto plazo, para encender el fuego...
El enamoramiento del pequeño Perseo fue algo de más sorprendente. ¡Asombráos! ¡Se enamoró de la Sra. Geneviève Guitry...! Sin broma. Desde hace algunos meses, tenía sobre mi cabecera un gran retrato de la tercera mujer de Sacha. Lo había recortado de la revista "7 días" y lo había enganchado en la pared de mi habitación. Pues bien, Perseo se enamoró de la carita de la guapa Geneviève y subiendo de vez en cuando sobre mi jergón, se ponía a abrazarlo amorosamente. ¡Diablo de niño! [10]
La sombra benefactora  de la Cruz Roja Suiza siguió protegiéndolo incluso en la aldea de los Salelles. En Ginebra, la cuna del autor del "Emile", Perseo tenía algunas madrinas misteriosas: Srtas. Berney, que vivían en el número 18 de la calle Dassier. Eran hadas buenas que no lo conocían. Y bien, razón de más para reconocer su beneficencia y su desinterés.
¡Bendito país este pequeño país de Suiza en el que las mujeres se preocupaban generosamente en salvar la vida de los niños desafortunados del Continente, mientras que los otros se atacaban entonces con ferocidad para  destruir la civilización y la humanidad...!










[1] La maternitat d´Elna, bressol dels exiliats, de Assumpta Montellà i Carlos. Editorial Ara Llibres.
[2] Sería sin embargo injusto silenciar los auxilios prodigados en los primeros momentos por los partidos obreros franceses y sobre todo por los institutores e institutrices del Sindicato Nacional.

[3] Se ha respetado la ortografía española de todos estos nombres.
[4] Entre catalanes y castellanos había a menudo un poco de desacuerdo.
[5] Barrio popular de Madrid.
[6] Era el mismo espíritu de Adèle Kamm - una pequeña santa protestante de Lausana - respecto a sus mariquitas. Las suizas saben ser, como ninguna otra mujer de Europa, profundamente religiosas y escrupulosamente tolerantes.

[7] Era el alcalde de Saint Maurice. Menú de bodas de Robert Arzac, hijo del Sr. Alcalde de Saint Maurice, celebradas en Vogüe, 8 de septiembre de 1942, en presencia de 100 huéspedes: Entremeses variados (Melón congelado Oporto/Jamón del país, aceitunas y mantequilla/Menestra de verduras; Entrantes: Cabeza de ternera salsa real/Bocaditos de la reina/Truchas salmonnadas meunière/Encebollado de liebre San Huberto/Judías verdes a la inglesa. Asados: Gansos asado/Pollos de grano/Piernas de presele/Ensalada temporada, Postres combinados: Helado en molde Paulette/Tarta de Saboya/Uvas, Melocotones, Turrones/Píldoras Pequeñas combinados al horno /Chocolatés pralinés; Vinos: Rojo Costas de Setras/Blene Hermitage/Negro Costas del Ródano/Champagne Espumoso; Café, Licores.


[8] Raphaël: des raisins.
[9] No quiero.
[10] Desgraciadamente nuestro humilde hogar de Saint Maurice no duró mucho tiempo. Siendo disuelto el Grupo 160 el 31 de octubre de 1942, debimos  retirarnos a las Salelles, una aldea del mismo municipio. Perseo y su madre tuvieron que instalarse con la pareja  aragonesa en una pocilga...!; yo, en una pequeña buhardilla, fría y  oscura. Como desde entonces ya no trabajaba en la Oficina del Grupo, sino en el bosque, como el resto de mis compatriotas, sólo veía al niño de vez en cuando. Aún así,  cuando lo visitaba o lo encontraba por casualidad, me llamaba siempre afectuosamente: ¡Amuraci, Amuraci! Cuando no iba a la cantera, escribía a veces en el tugurio de su madre. Entonces ésta pedía al niño: ¿Qué hace Amuraci? Y Perseo respondía invariablemente: " cribir a papa " (escribir a papá). ¡Pobre niño!